PRÓLOGO
Estaba
oscuro, y mis ojos poco podían acostumbrarse a aquella luz, que no
servía de nada, porque era tan tenue y tan débil, que no existía.
Dolorosamente,
supe que había llegado el día. El día en el que me buscarían y me
matarían, en el que me juzgarían por todo lo que hice y todo lo que
he hecho. Por ser tan descarada ante la nobleza, por tener que
escribir. Por ser fiel a mi mundo. Ahora debería corresponder con la
muerte.
Cuando
me encontraron, no dieron crédito a lo que vieron. Mis ojos, mis
labios, mi cuerpo y mi ser, estaban tendidos en el suelo,
ensangrentado.
-No-n-no
se habrá...
-¿...suicidado?
Obviamente
no; aunque debería de haberlo hecho hace mucho tiempo en unas
condiciones muy precisas. Justo cuando supe todo el poder que influía
a los demás. Por eso me odiaban, porque no sabían que yo no era un
ser malvado sino una alma buena, llena de espíritu de una
conciencia, dispuesta a vivir: no a morir.
Todos
me miraron, yo no podía verlos, el caso era que esto estaba escrito.
Oh, por supuesto que estaba escrito, lo había escrito yo.
Y
por eso me iban a ejecutar, y por eso sabía que me estaban mirando.
A
continuación, ellos se acercarían, sigilosos como fantasmas, para
intentar ver mi rostro. Mi rostro estaría como muerto, y
sencillamente todo lo tenía que escribir.
Seguí
apuntándome en la muñeca:
Bajo
la tenue luz, los guardias llevaron a Della hacia la puerta,
arrastrándola, mientras que el único ruido que había -a parte de
las pisadas de los guardias, que eran a grandes zancadas-, era el
vestido color beis, largo y hermoso, pero sucio y algo viejo, que era
tan precioso como un viejo diamante que era fuerte sí, pero que se
desgasta poco a poco.
Llevaron
a Della por las calles. Todos lo vieron. Fueron testigos de la muerte
que se alzaba ante ellos.
Abrí
los ojos.
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