Pikachu

martes, 14 de agosto de 2012

Capítulo I: El cambio. (El alma de los sueños)

Holaaa ^.^
¿Cómo estáis? Yo ya voy a mejor... aunque sigo teniendo anginas -.-".
Ehem... creo que esto es una buena noticia, ¡he acabado el primer capítulo! wiii
Pero he tardado lo sé, pero he estado haciendo el argumento del libro, que por cierto, aún no  lo he acabado, y bueno, he estado bastante entretenida n.n
Os paso el capítulo ^^:


CAPÍTULO 1: El cambio

Tunna se despertó con inseguridad esa mañana de diciembre. Poco a poco se iba acostumbrando a su realidad.
Había tenido una pesadilla, pero no era tan aterradora como las de siempre, esta era más sencilla, sin recordarla, pero sabiendo que había sido terrible.
Se vistió y se peinó, dejando su pelo largo y castaño oscuro suave y liso al tacto.
Desayunó, e hizo sus tareas antes de marcharse al instituto.
A “La Cárcel para Niños”, como lo había apodado ella. Y no precisamente por los profesores, sino que aquel lugar había cambiado de lleno su vida ante el rechazo de los demás.
Sacudió la cabeza y entró dentro del instituto.
El lugar estaba tranquilo porque había llegado antes. Se sentó justo al lado de la puerta y esperó a que sonara el timbre y pudiera entrar a clase.
Las clases le distraían de su soledad. De pensar, que una vez había sido muy conocida entre todos ellos, y que después pasó a ser nadie. Ni siquiera recordaban su nombre, o si bien lo hacían, no mostraban la menor debilidad por decirlo.
Todos sus problemas desaparecían cuando había clase, porque intentaba estar atenta a los profesores, porque todo era mejor que hundirse en aquel pozo sin fondo que no le llevaría a ningún lugar.
Así que se dejó arropar por la charla de los profesores, que bueno, no era muy divertida pero por lo menos olvidaría todo lo que debía olvidar.
En el patio, lo pasó absolutamente sola, como de costumbre, desde hacía seis meses.
Seis meses de amargura, de soledad y de darse cuenta de
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cómo son las cosas.
En el segundo patio sacó un cuaderno, y empezó a dibujar. Era lo único que le distraía. Había empezado cuando la empezaron a marginar y cuando ella luego inició su automarginación.
Llevaba ya tres cuadernos, y este estaba por la mitad. Tenía dibujos sobre lugares, sobre fragmentos de libros que había leído y que le encantaban, y luego los había empezado a pintar con sumo cuidado.
Siempre le había gustado pintar y dibujar, pero nunca había dejado que esa afición saliera a la luz, pero ahora allí estaba, no como un recuerdo lejano, sino como algo tan cercano a ella como lo era un libro.
Cuando salió del instituto caminó hacia casa, tranquilamente, imaginando una historia, algo lejano, algo donde pudiera estar.
En la cumbre de una montaña, en la orilla de un río, en el silencio nocturno mirando las estrellas. Pensó.
Pero Tunna no se dejó llevar por sus imaginaciones, así que sacudió la cabeza y siguió andando despreocupadamente.
Cuando llegó a casa, el ambiente estaba calmado. Siempre había peleas, por todas partes. Tenía un hermano pequeño: Tom. Su hermano se le parecía, y eso Tunna lo odiaba.
Marginarse, ser callado y acabar en un rincón sin decir nada era exactamente lo que no quería para su hermano.
De echo, Tunna no quería eso para nadie, ni para sus peores enemigas, aunque no las tuviera, porque la indiferencia gobernaba en su vida.
Comió sin emitir palabra. Sus padres ya no se molestaban en hacerle hablar, ¿para qué? ¿para que ella respondiera con un simple “no” o “sí”? Ellos pensaban que para hablar así, mejor
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estar callado.
Y por eso Tom y Tunna jamás hablaban.
A la noche, Tunna no podía conciliar el sueño así que se levantó y se apoyó sobre el alféizar de la ventana mirando fijamente al cielo. No había luna.
En estas noches era cuando Tunna murmuraba para sí misma todo lo que le estaba pasando, y decía lo que pensaba sin parar:
-Esto no es justo. No es justo lo que hicieron, no quiero volver a pasar por lo mismo, soy alguien débil, no tengo fuerzas para nada. Estoy cansada de ser el alma fuerte, porque no soy nada de nada. No soy quien pretendo ser: Una chica fría y sin emociones que se cree que puede vivir sin hablar, sin discutir, sin sentir, teniendo la conciencia limpia cuando no la tengo. No la tendré jamás. Así que, ¿por qué no desaparezco? ¿Por qué no puedo desaparecer? Me gustaría que todo acabara, que todo se desvaneciera a mi paso una mañana de diciembre, y que no volviera, que no volviera a repetirse jamás. Quiero desaparecer. Quiero que el mundo desaparezca. -y mientras pronunciaba eso se quedó dormida allí sentada, envuelta por el cansancio.

A la mañana siguiente la cabeza le daba vueltas y la espalda le dolía demasiado.
Estaba en una mala postura, así que se levantó y se dio una ducha rápida antes de marchar al instituto.
Las clases le parecieron sumamente aburridas, pero no le importó, pues aún podía distraerse de alguna forma.
Al salir del instituto, una suave brisa le acarició el pelo, y Tunna tuvo un escalofrío.
De repente, el suelo que pisaba empezó a cambiar, ya no había asfalto, sino barro y piedras.
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Cuando levantó la vista, las casas ya no estaban. Todo era bosque, un camino de piedra y barro que Tunna no tenía ni idea a dónde conducía.
Ni siquiera sabía donde estaba. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaba?
Tunna corrió por el camino, sus botas se metían en el barro y hacía que tropezase, pero no le importó, siguió corriendo sin parar.
Acabó sentándose en un tronco con barro y observó a su alrededor.
Estaba en un camino lleno de espesura. Se notaba que aquella mañana había llovido, pues los charcos eran abundantes y el suelo estaba muy embarrado, además que el lugar era húmedo y hacía ese típico frío que te llegaba a los huesos.
Tunna alzó la mirada. Ante sí, a bastantes metros que quedaban por recorrer, había un muro de cimiento y madera.
Una muralla.
Una ciudad.
Se levantó y empezó a correr hacia allí. Cayó dos veces al suelo, pero no se rindió y llegó a las murallas.
Vio carros que pasaban al pueblo y personas que se asomaban para dar el pasaje.
Oh no, no podré entrar en el pueblo. Se dijo Tunna.
Miró a ambos lados, hasta que vio un carro que no había nadie, y que cuyas personas a las que le pertenecía el carro se habían alejado un poco, así que no dejó que su oportunidad pasase y se escondió dentro.
El carro estaba relleno de paja. Se escondió en la esquina derecha del carro, se escondió entre la paja y se puso una manta de lana por encima.
Y esperó.

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