CAPÍTULO
1: Jake
Me
desperté de buena mañana, antes de que el despertador sonase. Ya
estaba acostumbrado.
Miré
el cielo que estaba cubierto de nubes y encendí la lámpara. Tuve
que cerrar los ojos, y a los segundos los volví a abrir.
Mmmm,
eran las siete ahora. Bien, me quedaba una media hora para coger el
autobús.
Me
duché y me vestí -en un cuarto de hora más o menos-, desayuné, y me preparé los
libros de la mochila, que siempre se me olvidaba
hacerlo por la noche.
Me
fui a la parada y esperé.
Era
nuevo. Y sabía que no iba a encajar bien. La gente me llamaba
"rarito" o "friki".
Pero a mí eso no me
importaba, ellos
tampoco me importaban.
Casi
siempre estaba solo, pero no era algo importante, quizá, si el primer
día me juntara con algunas personas, sería
más popular, pero como no me sentía a gusto con la gente, prefería
mi querida soledad.
No
era algo malo, para nada. Claro, que, la gente piensa, que si no
estás con alguien eres un marginado o algo por el estilo. Yo no lo
veo así.
La
gente muchas veces te desconcentran de tus estudios y siempre está
dándote la vara. Que si esto... que si lo otro...
¡No!
Para mí, muchísimas veces es la soledad mejor.
Es
cierto que a veces te sientes como... extraño, añorando algo, o eso
he leído en libros, pero, claro, ellos han tenido amigos y luego es
lo que sientes al perderlos. Yo tuve una vez amigos, pero fue algo tan sorprendente que no llegó ni a dolerme, es decir, fue como si nunca los hubiera tenido.
El
autobús llegó y subí.
A
penas había gente.
Mejor.
Menos gritos.
Pero,
a medida de que el autobús iba parando para recoger a
más gente, más ruidos habían, y más me estorbaban.
No
dije nada, ¿qué iba a decir?: "Perdonad, ¿os calláis ya? ¿no
os dais cuenta de que sois unos pelmazos de críos?"
Habían
de todas las edades: Desde los siete hasta los diecisiete. Y yo tenía
quince, casi dieciséis. Y todos gritaban.
De
eso nadie se salvaba, salvo yo.
Cuando
el autobús paró, respiré de lo más hondo, ya que habíamos
llegado al instituto.
Tuve
un día bastante malo. Me equivoqué de clase una vez... bueno, dos,
bueno... ¡está bien!: Me equivoqué de clase tres
veces seguidas. ¿Contentos?
Y
luego me perdí para ir hasta el recreo. Menudo chico estaba hecho...
¡qué torpe! No suelo ser así...
En
fin, luego, al llegar por fin al recreo resultó que ya había tocado
el timbre para ir a las clases. ¡Touché!
Total,
que acabé siguiendo a unos que había visto que iban a mi clase, y
me pude guiar un poco.
Matemáticas.
Tocaba Matemáticas, y era lo que menos me gustaba. Pero... ¿qué le
iba a hacer?
Escuché
al profesor y tomé apuntes y casi hice los ejercicios en clase, pero
como siempre, me quedaba uno o dos. Me dio igual. Tenía todo el
tiempo del mundo.
No
hablaba con nadie, y nadie hablaba conmigo, así que las cosas iban
igual en todos los sitios. Había llegado dos meses tarde, estábamos
a punto de acabar el trimestre, ya que estábamos en noviembre, y me
tuve que reincorporar.
Pero
para mí el estudio nunca había sido una dificultad. Así que llegué
incluso a superarlos un poco. Hice los exámenes correspondientes, todo
con buena nota y los profesores me dieron la enhorabuena. Tampoco me
importó eso. Simplemente di las gracias y me fui.
Era
un chico bastante indiferente. El año pasado, una niña me preguntó
por qué siempre estaba solo, y le respondí que no tenía por qué
estar con alguien.
La
niña me miró como queriendo decir: "Claro, ¿y qué va ser lo
próximo? ¿Qué me digas que duermes en un ataúd?"
Pero
se fue corriendo a contárselo a sus amigas. Así que, al día
siguiente todos me miraban de forma extraña. Ya no era un chico
normal.
Era
un chico raro.
Pero
yo antes no era indiferente. Antes tenía amigos. Antes se podía
decir que tenía una vida. Aunque, ahora también la tenía, y me
encantaba.
>>Todo
empezó cuando yo tenía doce años.
Era
nuevo, cómo no, y era mi primer día de instituto. Nos habíamos
mudado ya dos veces. Pero yo era un chaval que siempre hacía buenos
amigos rápidamente, e, incluso, le daba lo mismo mudarse dos que
cuatro veces, ¿para qué? Yo tenía amigos en
todas partes.
Pero
un día me dieron un libro por leer, me lo recomendaron y eso, y me
enganchó de tal manera, que seguí con el segundo y con el tercero,
hasta acabar la magnífica historia. Mis amigos se quedaron flipados,
como diciendo: "¿Leer? ¿Eso existe fuera del instituto?"
Y
entonces me dejaron solo. Comprendí que yo no había tenido nunca
amigos, porque de lo contrario, ellos me hubiesen apoyado, y recibí
el mote de "friki".
Al
principio pensé que eso era algo malo, pero luego comprendí, que si
friki significaba tener dos dedos de frente, era un alago y no un
insulto.
Me
dio igual que me dejasen solo. Tenía a mis libros.
Pronto
me aficioné a la lectura e incluso yo empecé a escribir. Exacto,
escribía, pero no novelas ni nada por el estilo, sino
que, hacía relatos comprensibles, sobre el
estilo de vida de las personas, o de mis sentimientos que tenían
bastante relación con el frío y el hielo.
Y
en fin, menos amigos, más libros. Para la gente que se aficiona con
los libros a veces le resulta imposible ser una persona de lo más
sociable.
Y
lo que más me fastidiaba era que yo era el único interesado en
estos temas. O por lo menos, eso es lo que descubrí de mi clase.
Me
sentía fuera de lugar, yo era más listo (no me lo tenía creído
para nada, pero no me relacionaba también por eso: porque era listo.
O eso me dieron a entender).
A
la mañana siguiente me llevé un taco de libro, porque necesitaba
algo para poder entretenerme en los recreos.
Ya
me sabía el horario de memoria y las clases también. Es decir:
Imposible perderme.
Cuando
me vieron con el libro (477 páginas, nada del otro mundo), me
miraron con desdén y siguieron con su "animada" charla.
-¿Sabes
tía? Ese es un gilipollas, ¿o es que no te das cuenta, nena? -le
murmuró una a otra. La otra agachó la cabeza y asintió con ella.
En
realidad la chica me daba pena. La otra la estaba manipulando a su
forma, para que luego acabara como ella: Una desesperada.
Pero
me daba lo mismo: Ella se lo había buscado por no haberle dicho
desde el principio donde llegaba el punto final.
Creo
que la chica se llamaba Emma.
Ella
sacudió la cabeza y se fue corriendo al baño para llorar, pero
murmuraba para ella misma:
-No
te creo, no te creo...
Pobre.
Pero seguí a lo mío.
Las
clases transcurrieron normales, y el patio también. La entretenida
historia era magnífica, y estaba demasiado enganchado como para oír
sollozos, pero estaba bastante
en la Tierra como para escuchar gritos:
-¿No
lo ves claro?
-¡No!
Estoy harta de que me manejes.
-No
te manejo, Emma, no sabes lo que te puede pasar, va, tranquilízate,
todo está bien. Tú hazme caso.
-Nunca
más, Geanina.
-Tú
te lo pierdes. -dijo, y se marchó, mientras su pelo rubio azotaba a
las demás que la seguían como perritos falderos.
La
chica no paró de llorar hasta que tocó el timbre y se fue
corriendo.
Yo
seguí mi ritmo, sin alterarme. Tampoco tenía por qué hacerlo.
Por
la noche me fijé más en mi nuevo cuarto.
Tenía
las paredes de la derecha y la izquierda azules, y las de delante y
atrás blancas, para poder ver mejor en mis horas de estudio.
Habían
pocos muebles. Los necesarios: Una cama, una mesita de noche, un
escritorio, una silla, una cómoda, un armario y unas estanterías.
Luego,
en el suelo, habían cajas, y con un suspiro me puse a abrir algunas.
Puse la ropa en el armario, y los libros en las estanterías. Pensé que pronto
necesitaría, o más estanterías o una habitación más grande,
porque se me quedaban pequeñas las estanterías en comparación a
los libros que tenía.
Después
de cenar (carne, a penas me gustaba) subí de nuevo a mi cuarto, y me
puse los auriculares del MP4, y empecé a escuchar algo que sonaba
bastante fuerte.
No
tenía hermanos. Quizá, si los hubiese tenido, sería más sociable,
pero eran cosas del destino. Tampoco me importó.
Miré
a la ventana, tan solo entraba la luz de la luna, y, como si
estuviese hipnotizado, me levanté de la cama y me asomé por la
ventana, para contemplarla mucho mejor.
Estaba
menguando. Dentro de dos días no habría luna.
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