Pikachu

miércoles, 10 de octubre de 2012

CAPÍTULO I DE MEMORIAS DE UN SIN NOMBRE (JAKE)


CAPÍTULO 1: Jake

Me desperté de buena mañana, antes de que el despertador sonase. Ya estaba acostumbrado.
Miré el cielo que estaba cubierto de nubes y encendí la lámpara. Tuve que cerrar los ojos, y a los segundos los volví a abrir.
Mmmm, eran las siete ahora. Bien, me quedaba una media hora para coger el autobús.
Me duché y me vestí -en un cuarto de hora más o menos-, desayuné, y me preparé los libros de la mochila, que siempre se me olvidaba hacerlo por la noche.
Me fui a la parada y esperé.
Era nuevo. Y sabía que no iba a encajar bien. La gente me llamaba "rarito" o "friki".
Pero a mí eso no me importaba, ellos tampoco me importaban.
Casi siempre estaba solo, pero no era algo importante, quizá, si el primer día me juntara con algunas personas, sería más popular, pero como no me sentía a gusto con la gente, prefería mi querida soledad.
No era algo malo, para nada. Claro, que, la gente piensa, que si no estás con alguien eres un marginado o algo por el estilo. Yo no lo veo así.
La gente muchas veces te desconcentran de tus estudios y siempre está dándote la vara. Que si esto... que si lo otro...
¡No! Para mí, muchísimas veces es la soledad mejor.
Es cierto que a veces te sientes como... extraño, añorando algo, o eso he leído en libros, pero, claro, ellos han tenido amigos y luego es lo que sientes al perderlos. Yo tuve una vez amigos, pero fue algo tan sorprendente que no llegó ni a dolerme, es decir, fue como si nunca los hubiera tenido.
El autobús llegó y subí.
A penas había gente.
Mejor. Menos gritos.
Pero, a medida de que el autobús iba parando para recoger a más gente, más ruidos habían, y más me estorbaban.
No dije nada, ¿qué iba a decir?: "Perdonad, ¿os calláis ya? ¿no os dais cuenta de que sois unos pelmazos de críos?"
Habían de todas las edades: Desde los siete hasta los diecisiete. Y yo tenía quince, casi dieciséis. Y todos gritaban.
De eso nadie se salvaba, salvo yo.
Cuando el autobús paró, respiré de lo más hondo, ya que habíamos llegado al instituto.


Tuve un día bastante malo. Me equivoqué de clase una vez... bueno, dos, bueno...  ¡está bien!: Me equivoqué de clase tres veces seguidas. ¿Contentos?
Y luego me perdí para ir hasta el recreo. Menudo chico estaba hecho... ¡qué torpe! No suelo ser así...
En fin, luego, al llegar por fin al recreo resultó que ya había tocado el timbre para ir a las clases. ¡Touché!
Total, que acabé siguiendo a unos que había visto que iban a mi clase, y me pude guiar un poco.
Matemáticas. Tocaba Matemáticas, y era lo que menos me gustaba. Pero... ¿qué le iba a hacer?
Escuché al profesor y tomé apuntes y casi hice los ejercicios en clase, pero como siempre, me quedaba uno o dos. Me dio igual. Tenía todo el tiempo del mundo.
No hablaba con nadie, y nadie hablaba conmigo, así que las cosas iban igual en todos los sitios. Había llegado dos meses tarde, estábamos a punto de acabar el trimestre, ya que estábamos en noviembre, y me tuve que reincorporar.
Pero para mí el estudio nunca había sido una dificultad. Así que llegué incluso a superarlos un poco. Hice los exámenes correspondientes, todo con buena nota y los profesores me dieron la enhorabuena. Tampoco me importó eso. Simplemente di las gracias y me fui.
Era un chico bastante indiferente. El año pasado, una niña me preguntó por qué siempre estaba solo, y le respondí que no tenía por qué estar con alguien.
La niña me miró como queriendo decir: "Claro, ¿y qué va ser lo próximo? ¿Qué me digas que duermes en un ataúd?"
Pero se fue corriendo a contárselo a sus amigas. Así que, al día siguiente todos me miraban de forma extraña. Ya no era un chico normal.
Era un chico raro.
Pero yo antes no era indiferente. Antes tenía amigos. Antes se podía decir que tenía una vida. Aunque, ahora también la tenía, y me encantaba.

>>Todo empezó cuando yo tenía doce años.
Era nuevo, cómo no, y era mi primer día de instituto. Nos habíamos mudado ya dos veces. Pero yo era un chaval que siempre hacía buenos amigos rápidamente, e, incluso, le daba lo mismo mudarse dos que cuatro veces, ¿para qué? Yo tenía amigos en todas partes.
Pero un día me dieron un libro por leer, me lo recomendaron y eso, y me enganchó de tal manera, que seguí con el segundo y con el tercero, hasta acabar la magnífica historia. Mis amigos se quedaron flipados, como diciendo: "¿Leer? ¿Eso existe fuera del instituto?"
Y entonces me dejaron solo. Comprendí que yo no había tenido nunca amigos, porque de lo contrario, ellos me hubiesen apoyado, y recibí el mote de "friki".
Al principio pensé que eso era algo malo, pero luego comprendí, que si friki significaba tener dos dedos de frente, era un alago y no un insulto.
Me dio igual que me dejasen solo. Tenía a mis libros.
Pronto me aficioné a la lectura e incluso yo empecé a escribir. Exacto, escribía, pero no novelas ni nada por el estilo, sino que, hacía relatos comprensibles, sobre el estilo de vida de las personas, o de mis sentimientos que tenían bastante relación con el frío y el hielo.
Y en fin, menos amigos, más libros. Para la gente que se aficiona con los libros a veces le resulta imposible ser una persona de lo más sociable.
Y lo que más me fastidiaba era que yo era el único interesado en estos temas. O por lo menos, eso es lo que descubrí de mi clase.
Me sentía fuera de lugar, yo era más listo (no me lo tenía creído para nada, pero no me relacionaba también por eso: porque era listo. O eso me dieron a entender).

A la mañana siguiente me llevé un taco de libro, porque necesitaba algo para poder entretenerme en los recreos.
Ya me sabía el horario de memoria y las clases también. Es decir: Imposible perderme.
Cuando me vieron con el libro (477 páginas, nada del otro mundo), me miraron con desdén y siguieron con su "animada" charla.
-¿Sabes tía? Ese es un gilipollas, ¿o es que no te das cuenta, nena? -le murmuró una a otra. La otra agachó la cabeza y asintió con ella.
En realidad la chica me daba pena. La otra la estaba manipulando a su forma, para que luego acabara como ella: Una desesperada.
Pero me daba lo mismo: Ella se lo había buscado por no haberle dicho desde el principio donde llegaba el punto final.
Creo que la chica se llamaba Emma.
Ella sacudió la cabeza y se fue corriendo al baño para llorar, pero murmuraba para ella misma:
-No te creo, no te creo...
Pobre. Pero seguí a lo mío.
Las clases transcurrieron normales, y el patio también. La entretenida historia era magnífica, y estaba demasiado enganchado como para oír sollozos, pero estaba bastante en la Tierra como para escuchar gritos:
-¿No lo ves claro?
-¡No! Estoy harta de que me manejes.
-No te manejo, Emma, no sabes lo que te puede pasar, va, tranquilízate, todo está bien. Tú hazme caso.
-Nunca más, Geanina.
-Tú te lo pierdes. -dijo, y se marchó, mientras su pelo rubio azotaba a las demás que la seguían como perritos falderos.
La chica no paró de llorar hasta que tocó el timbre y se fue corriendo.
Yo seguí mi ritmo, sin alterarme. Tampoco tenía por qué hacerlo.


Por la noche me fijé más en mi nuevo cuarto.
Tenía las paredes de la derecha y la izquierda azules, y las de delante y atrás blancas, para poder ver mejor en mis horas de estudio.
Habían pocos muebles. Los necesarios: Una cama, una mesita de noche, un escritorio, una silla, una cómoda, un armario y unas estanterías.
Luego, en el suelo, habían cajas, y con un suspiro me puse a abrir algunas.
Puse la ropa en el armario, y los libros en las estanterías. Pensé que pronto necesitaría, o más estanterías o una habitación más grande, porque se me quedaban pequeñas las estanterías en comparación a los libros que tenía.
Después de cenar (carne, a penas me gustaba) subí de nuevo a mi cuarto, y me puse los auriculares del MP4, y empecé a escuchar algo que sonaba bastante fuerte.
No tenía hermanos. Quizá, si los hubiese tenido, sería más sociable, pero eran cosas del destino. Tampoco me importó.
Miré a la ventana, tan solo entraba la luz de la luna, y, como si estuviese hipnotizado, me levanté de la cama y me asomé por la ventana, para contemplarla mucho mejor.
Estaba menguando. Dentro de dos días no habría luna.




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