CAPÍTULO III: Jake
Pasé
tres horas en el hospital. Esperando a que me dijesen que estaba
bien. Esperándola a ella. ¿Cómo se le había ocurrido? ¿Estaba
loca o qué? Desde luego, esto teníamos que solucionarlo.
¿Solucionarlo?
¡Pero yo qué pintaba en esto! Nada, na-da, y me había metido en
una pelea, y en un intento de suicidio por ella. ¡Pero si a penas la
conocía!
-Chaval
-me dijo el enfermero. Di un respingo-. Puedes pasar a verla.
-Gracias.
-dije, aún con el susto metido en el cuerpo.
Me
metí corriendo en el interior de la habitación y cerré la puerta.
Ella me miró, con la mirada me pedía perdón.
-¿Por
qué lo has hecho? -murmuré, con voz casi inaudible.
-Era
lo mejor para todos... -la fulminé con la mirada antes de que
pudiese acabar.
-¿¡Sabes
lo que acabas de hacer!? -le grité, dolido- ¿Cómo has podido hacer
esto por cuatro gilipollas? -la miré, poniendo las manos en la
barandilla de la camilla, no quería ser muy borde, pero la ocasión
no me permitía ser muy amable, tampoco sabía como ser simpático,
siempre había sido indiferente.
-Yo...
-tragó saliva- Es mejor que no lo sepas, Jake. No me lo perdonaría
por nada del mundo que te pasase algo.
¿Qué?
¿Qué estaba pasando?
-Emma,
si te amenazan o te pegan o te acosan o lo que quiera que sea, puedes
decírmelo, no va a pasarte nada.
-Que
no... Nada de eso, de verdad... por favor... -me suplicó. La miré a
los ojos y entendí que no podía decírmelo. O no por ahora.
Le
acaricié su pelo castaño oscuro, y suspiré, luego sin
esperar
reacciones de nadie la abracé y ella me abrazó a mí, entonces le
susurré:
-Ya
me lo dirás cuando puedas.
-Gracias
Jake, te lo prometo.
Entonces
entró el mismo enfermero que me había dicho que pasase.
Nos
miró, y carraspeó, yo me giré, y le sonreí tímidamente.
-¿Eres
su hermano? -me preguntó.
-No,
soy un amigo suyo. -respondí.
-Emma
-murmuró el enfermero mirando una hoja-, ¿y tus padres?
Emma
miró al enfermero.
-Trabajando.
-¿Me
das su número de teléfono? -y se lo dio.
El
enfermero asintió y salió de la habitación. Yo le pregunté:
-¿Tus
padres lo saben?
-Mis
padres están muy lejos, Jake. Les he dado el teléfono de mi
hermano.
Asentí.
Pasamos diez minutos en silencio. Siempre pasaba lo mismo, en los
hospitales no daban ganas de hablar, ¡ni que estuviésemos muertos!
Pero, extrañamente era así. Daban respeto.
Me
senté a su lado y le pasé una mano por la cintura. Con la otra
mano, le cogí la suya, la que tenía las marcas del suicidio. Se las
habían curado y le habían puesto siete puntos por cada corte. Y
tenía dos cortes. Cuando la había visto caer y un charco pequeño
de sangre, me puse histérico. Pensaba que se iba a morir. Llamé a
los profesores con gritos de súplica, y ellos vinieron casi en
seguida.
Ellos
avisaron al hospital de que trajesen una ambulancia y que fuera
rápido. Por suerte, la ambulancia vino rápidamente, pues iba de
paso con un paciente nada grabe, y a Emma y a mí nos hicieron subir.
A ella la pusieron en una camilla y yo me puse a su lado. Para
protegerla de la nada.
Pero estaba allí, con ella. Y eso me importaba.
Ella
me miró, con los ojos me volvía a pedir perdón y le susurré,
mientras ella ponía su cabeza en mi hombro:
-Júrame
que nunca más vas a volver a hacer eso.
-Yo...
-Júralo
o no me vuelves a ver el pelo en lo que queda.
-Entonces
sí tendré motivos.
-No
estoy de coña, Emma. Por favor, júralo. Siempre vas a tenerme a tu
lado.
-Te
lo juro, Jake.
Y
lo había jurado. Era un pacto, ya no se podía romper.
Dejé
escapar un pequeño suspiro de satisfacción, y ella lo interpretó,
supongo como un: “Gracias por estar aquí conmigo”.
La
abracé de costado, y nos quedamos unos minutos más en silencio.
Al
rato tocaron a la puerta y entró un chico de unos diecisiete,
dieciocho años, de pelo negro, que le caía a ambos lados del rostro
y de ojos color miel, que nos miraban interrogantes.
El
chico corrió hasta nosotros y abrazó a Emma. Debía ser su hermano.
Su hermano le cogió la barbilla por las manos y la miró
fijamente a los ojos, y luego la volvió a abrazar. Ella también lo
abrazó, y cuando se apartó, clavó sus ojos color miel en los míos.
-Hola.
-dijo el chico.
-Hola.
-respondí yo.
-Soy
su hermano.
-Me
lo imaginaba.
-¿Tú
la has salvado verdad? -preguntó él, bastante serio.
-Sí.
-se anticipó a decir Emma.
El
chico asintió.
-Me
llamo Shey. -se presentó su hermano.
-Yo
soy Jake. -volvió a asentir, y se dirigió hacía su hermana.
-
¿Por qué?
Emma
suspiró y me miró a mí, luego volvió a mirar a Shey.
-Comprendo.
-murmuró- Esperaremos a que te den el alta y nos vamos a casa. Hoy
has tenido mucho jaleo. Gracias, Jake. -dijo Shey, dirigiéndose a
mí- Si no hubiese sido por ti ella no estaría viva.
-De
nada. Es mi amiga. -dije. Me sonó extraño decir “es mi amiga”,
ni siquiera nos conocíamos mucho, pero lo dije con claridad. Él
frunció el ceño.
-Es
extraño -dijo-. Emma solo se junta con esas chicas.
-Me
juntaba, Shey. Pero él es mi amigo.
-Entiendo.
Cuando
le dieron el alta a Emma, Shey me dijo que me llevaría a mi casa.
Entonces me di cuenta de una cosa: Me había perdido las clases
(por algo esencial, ahora vendría la solución de explicárselo a
mis padres) .
Yo
les di las gracias, y cuando aparcaron en frente de mi casa, me
despedí, volví a dar las gracias y me metí en casa.
No
había nadie. La casa estaba desierta y era para mí solo. Miré en
la nevera y vi una nota de mis padres:
Nos
hemos ido al laboratorio,
hemos
descubierto algo nuevo
te
llamamos luego, cariño. Por
cierto,
hay algo para comer en la
nevera.
Te queremos.
Subí
las escaleras y volví a mirar mi cuarto. Seguían habiendo cajas sin
abrir, así que me puse a ello.
Esta
era mi nueva casa, por fin, mis padres habían encontrado algo en lo
que estar metidos en el trabajo, y no estarían mucho por casa, pero
a mí eso no me importaba. Me daba ventaja. Aunque no iba a hacer
nada raro. El caso es que mientras ponía ropa en la cómoda y en el
armario me quedé pensando en cómo se había quedado mirándome Emma
cuando su hermano le había preguntado el por qué casi se suicida.
Me entraba un miedo terrible de que su secreto tuviese que ver algo
conmigo. Pero ella me había prometido que no lo volvería a hacer y
que me diría su gran secreto, solo que tenía que esperar. Y yo iba
a esperar todo lo que hiciese falta.
Cuando
acabé con las cajas, ya era la hora de cenar. Volví a mirar mi
cuarto, y vi, satisfactoriamente de que mi cuarto estaba muchísimo
mejor. Ahora tenía algo más especial, por todos los libros, y como
tenía una pared llena de estanterías, los libros estaban a la
perfección, claro que, se me quedaba un poco corto. Necesitaba otra
pared.
Bajé
hasta la cocina y abrí la nevera, había “algo”, justo lo que
ponía en la nota. Al principio penaba que era una expresión, pero
es que era verdad, había un trozo de lomo y un trozo de queso y
algunos refrescos.
Pues
sí que lo decían en serio.
Eran
las nueve y ya lo estarían cerrando todo, así que tomé una
decisión: Si mañana mis padres no iban a comprar, iría yo.
Cogí
el lomo y lo corté en rodajas, también corté el queso y me hice un
bocadillo. Me senté en la cocina y me comí el bocadillo. Me lo
acabé a los diez minutos, y volví subir a mi cuarto. Pensé que le
faltaba algo a mi cuarto, pero entonces sonó mi móvil a toda
pastilla, y di un respingo que me hizo dar un buen salto. Lo miré
con rencor y me dije para mí mismo que tenía que cambiarme el tono.
Lo cogí y vi que era mi madre, me puse el móvil en la oreja:
-Dime,
mamá.
-Hola,
Jake, ¿cómo estás? ¿Todo bien?
-Sí,
todo bien, ya he cenado, pero mamá, ¿tardáis mucho?
-Llegaremos
tarde porque nos han llamado de que han encontrado un no sé qué
para algo que tampoco tengo ni idea. Así que, no nos esperes
despierto, ¿vale, cielo?
-Vale,
mamá. Adiós. -y colgamos los dos a la misma vez.
Fui
al baño para limpiarme los dientes, y cuando volví, me puse una
camiseta de manga corta, y unos pantalones largos que me hacían de
pijama. No tenía frío con la camiseta de manga corta aunque
estuviésemos en invierno, porque la calefacción estaba enchufada.
Me
tiré a la cama con un suspiro, pero me volví a levantar y me cogí
un libro de la estantería. Este aún no me lo había leído, pero
era el último, así que, mañana o pasado tendría que ir a pedir
más libros. Al poco rato, me dormí.
A
la mañana siguiente me desperté sobre las cinco de la
madrugada.
Estaba ojeroso y cansado. Había soñado (pesadilla), con que Emma se
suicidaba de verdad y yo no podía hacer nada para evitarlo y la
sombra de su muerte me perseguía para siempre.
Anoche
se me olvidaron hacer los deberes de ayer, así que, como estaba
despierto y no me iba a volver a dormir empecé a hacerlos. Los acabé
rápidamente y me tomé el respiro así que apagué el despertador
que ya no hacía falta que me despertase, pues ya estaba despierto, y
me fui a la ducha. Mientras me duchaba, no paraba de pensar en Emma.
La tenía en la cabeza a todas horas, pero en seguida me desplacé de
mis pensamientos hasta los de mis padres.
No
habían vuelto, y lo descubrí porque la puerta de su cuarto estaba
abierta y la cama no la habían tocado. Además, a estas horas debían
estar ya despiertos, pues su
horario
empezaba a las seis.
No
me importó, una vez no vinieron en un día entero. ¿De qué me iba
a extrañar ahora?
Desayuné
poco, porque no tenía mucha hambre. Y esperé un cuarto de hora pero
como el tiempo se pasaba tan lentamente, decidí adelantar
deberes.
Los
de hoy, mañana, los que el tiempo me diese por hacer.
Total,
acabé el tema que estábamos dando en casi todas las asignaturas, y
lo acabábamos de empezar. Eso me confortó bastante. No había
perdido práctica en el estudio.
Entonces
miré el reloj y vi que ya era la hora de irse a la parada. Esperé
un poco y el autobús vino. Busqué con la mirada la cara o la
mochila de Emma, pero no la encontré.
Hoy
no vino a clase. Hoy las clases fueron de lo más aburridas. Con los
deberes hechos, ya no tenía nada que hacer, así que me puse a leer.
Los profesores me dirigieron breves miradas que yo interpreté como:
No te pases.
Pero
me dio igual, pues yo ya lo tenía todo hecho.
En
el recreo lo pasé igual de aburrido, y así pasaron hasta que fueron
las tres.
Salí
disparado cuando sonó la campana, como aquellos pasotas que no les
daba la gana hacer los deberes o estudiar. Pero al salir, me topé
con Geanina.
Me
miró con desdén.
-¿Tu
amiguita se ha suicidado ya? ¿O tal vez espera que te suicides tú
primero? -rió, la gilipollas de mierda esa.
Yo
era más alto, y sin embargo, ella no tenía miedo, era de aquellas
que solo se amaban a si misma y a nadie más. Decidí responderle:
-¿Y
tú estás esperando a que vengan a matarte o eres la siguiente
víctima de tu gran gilipollez?
Me
fulminó con la mirada.
-¿Seguro
que ya no está en el mundo de los muertos, Jake?-pronunció mi
nombre de forma basta, pero ya ni me molesté en preguntarle mi
nombre, pues todo el instituto debería saberlo ya.- Hoy no ha
venido... quizá haya ocurrido algo, por fin. -añadió, socarrona.
-Si
hubiese ocurrido un milagro, ¿no crees que tú no estarías aquí?
-y me fui dejándola con la palabra en la boca.
Que
se aguantase. Suficiente me estaba yo fastidiando por este tema.
Me
fui al autobús y me senté en el mismo sitio de esta mañana y que
ayer. Saqué el MP4 y me puse la música bastante alta, para no
escuchar sus gritos de críos cuando algunos tenían más años que
yo.
Llegué
a casa y mis padres no habían vuelto, así que salí y compré algo
de comida, pues la nevera estaba hecha un desastre.
Eso
me ayudó a no pensar unos... ¿veinticinco minutos?
Luego,
cuando llegué a esa silenciosa e inhóspita casa a la que tenía que
llamar “hogar”, me sentí solo y vacío, como uno de esos días
que te sientes extraño y no lo puedes explicar. Pues eso mismo
sentía yo.
Dejé
la comida en la nevera y en los armarios, y me fui a ver la tele un
rato. Menos mal que esta mañana me había quitado deberes de en
cima, pero el lunes tenía dos exámenes, por lo que estuve media
hora viendo la televisión y me fui un rato a estudiar.
Estudié
bastante desganado, pero era lo que tenía que hacer. Al cabo de dos
horribles horas de estudio, ya no supe qué hacer.
No
sabía qué hacer: No tenía su dirección, por lo que no podía ir a
visitarla a su casa, no tenía su teléfono, por lo que no podía
llamarla, y, como yo no tenía correo electrónico, pues no podía
chatear con ella, y además, no tenía ni idea si ella tenía correo.
De todos modos, yo no iba a hacerme uno.
Así
que me tiré a la cama y miré a la estantería de los libros,
entonces recordé que tenía que pedir unos libros.
Me
levanté de la cama, abrí un cajón de la mesita de noche y cogí
dinero.
Cogí
el móvil y las llaves, y me fui a la librería que tenía más
cerca.
Entré
y observé los libros, que me llamaban para que los leyese, pero yo
tenía una lista de siete libros nuevos, que le dije al dependiente
si estaban.
-Tienes
suerte, -me dijo, no era muy alto (yo más que él) y tenía un poco
de barrigón, además de mucha barba- están todos, ves a la sección
quince, allí están.
-Gracias.
No
contestó pero yo fui a la sección que me había dicho sin esperar
respuesta alguna.
Cogí
los libros y cuando volví al mostrados, lo que vi, me dejó atónito,
tanto que dejé caer los libros al suelo.
El
dependiente me miró y yo susurré una disculpa y los recogí
rápidamente.
En
la estantería de al lado, estaba su hermano, Shey. Clavé mi mirada
en su espalda.
Pagué
los libros y me acerqué. Estaba consultando libros de curaciones, o
eso me pareció ver.
-¿Qué
tal está Emma? -pregunté. Él dio un leve respingo, lo había
asustado, pero se giró y sonriente me dijo:
-Mucho
mejor, pero le dolía la cabeza y no ha ido hoy al instituto.
-Ah
-dije- Dile que se mejore.
-¿Por
qué no se lo dices tú? -y señaló una sección en la que había
una chica de espaldas, ojeando un libro.
-Oh,
gracias, Shey. -se limitó a responderme con un asentimiento de
cabeza y una sonrisa.
Me
dirigí a Emma, y le toqué el hombro con los dedos, ella se giró,
un tanto alarmada, pero se calmó al ver que era yo.
-Oh,
Jake. -dijo al verme.
-Hola,
Emma. ¿Qué tal lo llevas?
-Bien,
he venido con mi hermano para calmarme un poco.
-Me
alegro de que estés bien.
-¿Y
tú qué tal estás?
-Bien,
he venido porque tenía que pedir unos libros. -dije, enseñándole
la bolsa- Bueno, yo me voy.
-¡Espera!
-dijo Emma, como si se acabase de acordar de algo. Cogió un
bolígrafo que alguien había dejado en la estantería (supuestamente
el dependiente) y me escribió una serio de números en mi muñeca.
-Aquí
tienes, mi número. -yo le puse el mío en su muñeca buena.
-Este
es el mío.
-Tendremos
que quedar. -me propuso entre lo tímido y lo
amable.
-Cuando
quieras. Me di al vuelta y me despedí de su hermano con la mano.
Ya
me habían alegrado el día.
Al
llegar a casa estaba sencillamente feliz. Feliz, feliz, ¡feliz! Ni
raro ni nada por el estilo, por fin estaba cómodo en mi cuerpo y en
mi alma.
Vi
que eran las ocho, y al rato llegaron mis padres. Me quedé diciendo
“OH MY GOD, POR FIN HAN LLEGADO”
Bajé
las escaleras y me saludaron con una agradable sonrisa. Cenamos y
luego cada uno se fue a su cuarto.
Yo
empecé un nuevo libro para leer.
Me
leí unas cien páginas de tirón, pero vi con desagrado que era
demasiado tarde para continuar la entretenida historia, así que dejé
el libro en la mesita y apagué la luz.
Mañana,
sería un nuevo día.
Quedaba
un día para que no hubiese luna, y de repente, oí un aullido
atronador.
Lobos.
Noe, lo subes 2 veces? Jajaja
ResponderEliminarNo fastidies que ya lo subí? Qué fuerte, se me va la olla ya...
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