¿Qué tal estáis? Ojalá que bien n.n
Bueno, hoy espero daros una sorpresa (que seguro que no), la verdad es que a pesar del calor estoy escribiendo, así que os voy a pasar lo que he escrito del capítulo (que no es mucho pero bueno, y esta vez, cuando pase la otra parte que me queda por escribir será algo más larga que la anterior xD)
Bueno, aquí la tenéis:
CAPÍTULO
III: La visita. (PARTE 1)
Poco
a poco se le fue aclarando la vista a Tunna en aquel sótano.
Se
había quedado paralizada de puro terror al escuchar a los demás,
pero sobretodo estaba sufriendo por aquel joven.
La
había salvado dos veces, después de todo.
Escuchó
a escondidas al joven. Tenía la voz tranquila y parecía que estaba
sereno.
Tunna
suspiró. Se dio la vuelta.
Realmente
no se podía ver nada, así que avanzó a ciegas hasta que chocó
contra algo. Algo parecido a un candelabro.
-Seguro
que por arte de magia se enciende. -murmuró para sus adentros en
algo menos que un susurro.
Siguió
avanzando. Parecía un pasillo y era bastante estrecho.
De
repente, vio un hilo de luz, y eso hizo que corriera hacia él.
Se
desoló, al ver que sólo era una rendija de ventilación, pero
gracias a ella podía ver un poco más.
La
estancia, -ya oscura de por sí- era un pasillo estrecho que daba a
una habitación más grande que las demás. Como un salón.
No
entró en él porque no estaba asegura de lo que se iba a encontrar
ahí dentro, así que se hizo un ovillo y esperó.
El
joven no supo qué decir al verles. Se quedó completamente helado.
Ellos
marcaban la justicia.
Y
él la había ignorado.
Oyó
un grito de dolor y entonces los nervios de Tunna se dispararon. El
grito era del joven.
No
comprendía lo que decían los demás. Bueno, más bien no comprendía
nada de lo que decían y eso la ponía peor.
¿Y
si le estaban haciendo daño? ¿Psíquico? ¿Físico? ¿Los dos?
Se
estaba poniendo enferma solo de estar allí metida sin saber qué
poder hacer.
Allí
dentro habían armas. Espadas más que nada. Pero Tunna no sabía
utilizarlas, además de que haría demasiado ruido y eso podría
delatarla y fastidiar lo que quisiera que el joven estaba maquinando.
Decidió
esperar.
Y
esas ¿horas? Se le fueron eternas. Empezó a mover manos y pies con
desesperación hasta que de repente dejó de oír ruidos.
Silencio.
Y
entonces un estruendo que de verdad la alteró.
Se
levantó de golpe y empezó a correr por el estrecho pasillo hasta la
trampilla.
La
abrió con cuidado y salió, pero escuchó por detrás de la puerta.
-Bare.
Robert koreh kiroyra sure eban dere. -dijeron los demás a la vez.
¿¡Robert!?
¿Se llama Robert? Pensó Tunna.
Oyó
pasos y retrocedió, pero luego escuchó una puerta cerrarse bajo una
espesa lluvia y ya no se escuchó nada más.
Abrió
la puerta con cuidado y miró a ambos lados pero en el “baño” no
había nadie y solo el supuesto Robert se encontraba tendido en la
cama, inconsciente.
-Robert...
-murmuró Tunna.
Y
corrió hacia él.
Cuando
estuvo a su altura le dio la vuelta y vio con desagrado que le habían
herido. La herida no era profunda, pero si no recibía tratamiento
pronto se desangraría y moriría. Y eso era algo que Tunna no se
podía permitir.
Se
arrancó las mangas de su jersey e intentó hacerle un torniquete que
en principio pareció dar resultado.
Luego
empezó a buscar por la casa hilo y una aguja. Pero, ¿dónde?
Se
volvió loca intentando encontrar dichos utensilios para salvar la
vida de Robert, hasta que en un armario había un viejo canasto con
telas y alfileres. Y pudo encontrar lo necesario.
Se
dijo que aunque jamás había hecho nada parecido, debía intentarlo,
por lo menos, para salvarle.
Se
acercó y le quitó la camiseta con sumo cuidado.
Cuando
su torso desnudo quedó a la intemperie, Robert gimió y Tunna se dio
prisa.
Alfiló
la aguja y empezó a coser.
Conforme
cosía, Robert empezaba a gritar de dolor, y al final le dio un
guantazo que lo dejó inconsciente.
Pudo
acabar perfectamente.
Suspiró
aliviada y empezó a limpiar la sangre que se había derramado sobre
las sábanas.
Movió
a Robert hasta que quedó tumbado en el suelo, y se dio pisa en
colocar sábanas nuevas que se encontraban en la despensa. Luego
levantó a Robert -no sin esfuerzo por supuesto- y lo tumbó en la
cama.
Recogió
el canasto donde estaban los alfileres y cuando ya lo tuvo todo
recogido y acabado, se durmió al lado de su salvador.
Se
despertó al amanecer, con Robert convaleciente le daba miedo de que
se hubiese puesto peor, así que le puso la mano sobre la frente y
luego su otra mano sobre la suya.
No
tenía fiebre.
Observó
la herida, que sanaba con rapideza, a pesar de que el lugar no había
sido el adecuado para coserle la herida, y por supuesto, ni el hilo
ni la aguja eran para coser heridas.
Pero
no había tenido otra solución.
Robert
tardó dos días en despertar.
El
primer día para Tunna fue horrible. Como no entendía lo que decían
los aldeanos, no les pudo pedir ayuda, ademñas de que pensó que los
hombres de las túnicas moradas que habían “visitado” a Robert
debían ser importantes y los aldeanos ignorarían lo que había
pasado.
Porque
Robert gritó de dolor varias veces y sin embargo... ¿alguien acudió
en su ayuda?
Así
que Tunna veló sus sueños -Robert hablaba en sueños, pero ella no
comprendía nada, como era de esperar- y también estuvo observando
la evolución de la herida, que a pesar de que debería haberse
infectado no lo hizo, lo cual, para Tunna fue un alivio.
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