El Alma de los Sueños, la visita, parte 2 y final del capítulo.
El
segundo día fue algo mejor.
Encontró
algo de comida en la despensa y después de día y medio sin comer,
la extraña comida que encontró le supo a gloria.
Y
Robert despertó a la tarde.
Abrió
los ojos despacio, y emitió una especie de gemido ahogado al
intentar incorporarse.
Tunna
le paró los pies enseguida y él empezó a hablar como si pudiera
entenderlo y después de horas y horas aguantando, le
gritó:
-Eres
un pesado. ¡Cállate! ¡No te entiendo y tienes que mejorarte!
Y
Robert calló. Parecía haber comprendido.
Cuando
Robert empezó a mejorar de verdad, Tunna empezó a acostumbrarse al
lugar.
Comenzó
a comer sin hacer muecas de asco y Robert le proporcionó una túnica
como las de las mujeres de la ciudad.
Conforme
pasaron los meses, Robert le enseñó el idioma a Tunna, lo cual fue
algo desesperante, pero ella se aferró a la idea, de que sin un
vocabulario iba a ser imposible la vida en ese lugar.
Así
que pasó un año entero y Tunna por fin había aprendido la lengua.
Seguía costádole porque la gente hablaba más rápido de lo que
Tunna quería, pero se acostumbró.
Un
día por la tarde, mientras Tunna llevaba en una cesta la compra para
mañana y pasado, notó una presencia detrás de ella.
Al
principio no se alteró, porque aún había bastante gente en el
mercado, y no era muy tarde, aunque empezaba a anochecer, pero luego,
cuando giró en un calle, vio a tres personas, aquellas que hacía un
año habían atacado a Robert y eso la alarmó.
Los
encapuchados de las túnicas moradas apretaron el paso cuando ella
empezó a correr.
Tenía
que despistarlos, pero tanto ella como ellos conocían las calles
demasiado bien, y sabía que no tendría escapatoria.
Aún
así, se arriesgó y utilizó todas sus fuerzas por correr más
rápido y poder llegar a casa, pero cuando llegó a un cruce y dobló
hacia la izquierda la cesta voló por los aires, haciendo que todas
las verduras, objetos y todo lo demás cayesen por todas partes y
fue, porque uno de las túnicas moradas estaba esperándola.
El
grito alertó a los demás.
Tunna
había averiguado quienes eran hacía unos meses, cuando por fin se
podía entender con Robert, ella le había preguntado:
-Robert,
¿quiénes eran los que te hirieron?
-¿A
qué viene eso?
-Sólo
quiero saberlo.
Robert
sacudió la cabeza, apartándose el flequillo de la cara.
-Mmm,
está bien. Ellos van por el lado de “la justicia”, por supuesto,
no es la justicia que uno debería tener, sino la justicia que ellos
marcan, en realidad, son corruptos, pero en fin, ¿qué les vamos a
hacer si son de la nobleza? Hubo gente que les plantó cara, pero
desaparecieron.
Tunna
se horrorizó.
-¿Qué
hiciste para que vinieran y te hiriesen?
-Ajustar
cuentas. Hace tres años, yo vivía en la otra punta de la ciudad,
donde están los cultivos, yo era granjero y bueno, vivía felizmente
con mi esposa -hizo una pausa larga, de repente, dos lágrimas
salieron de sus ojos, surcaron sus mejillas y murieron en sus
labios-. La mataron. Quemaron la granja, Tunna. Me arrebataron a lo
que más quería, y se deshicieron del lugar en el que tanto habíamos
invertido para poder vivir felices.
Tunna
puso ojos como platos. La historia le había conmovido, aunque sintió
una punzada extraña, algo que jamás había sentido y que no sabía
describir cual era.
Esperó
a que Robert se tranquilizase, y sin poderlo evitar le abrazó, y él
lloró en su hombro.
A
los pocos minutos se tranquilizó del todo, y añadió con amargura:
-Pero,
¿sabes? Me vengué, oh, claro que me vengué -el tono de voz que
empezaba a utilizar era sumamente frío y oscuro y Tunna tuvo un
escalofrío que le recorrió su espalda entera, pero Robert siguió
con ese tono sin piedad:-, antes eran cinco, y los demás
desaparecieron -y empezó a reírse.
Tunna
tenía mucho miedo y dijo:
-Para.
Por favor, tengo miedo.
Robert
entonces volvió a la realidad. La miró, y una sombra de tristeza le
cruzó la cara.
-Lo
siento. No era mi intención asustarte. -y acto seguido la abrazó. Y
todo el miedo desapareció para Tunna.
A
la mañana siguiente, le preguntó que qué había hecho de los dos
hombres, y él, le contestó, con serenidad:
-Me
deshice de ellos. Los maté en un lugar que nunca hay nadie, a las
afueras y luego les envié los trozos de los dos cuerpos a los demás
del grupo. Pero, Tunna, no me mires así, nadie sabe que soy yo.
-¿Ni
siquiera ellos?
-Ellos
sí, pero no tienen pruebas para culparme.
-¿Entonces
por qué vinieron a herirte?
-Fueron
a darme un aviso. Para que confesara y fuese ejecutado, lo gracioso
es que me amenazaron en que sino lo hacía, un ser quizás querido
para mí muriera: Tú.
Al
recordar esto, notó como un brazo la agarraba y ella se deshizo de
él, con dificultad.
Siguió
corriendo. Por su vida. Pero no tardaron en volver a retenerla. A
pesar de eso, volvió a escabullirse y está vez los despistó.
Corrió
hacia su casa, pero en el otro cruce otra vez se encontró con el
mismo.
Ella
intentó deshacerse del brazo pero esta vez no pudo.
-¿¡Qué
quieres!? -le espetó Tunna.
No
le vio el rostro, pero pareció que sonreía.
-¡Suéltame!
-¿Por
qué iba a hacerlo? -rió el otro.
-Porque
sino lo haces quizá no veas la luz de Shira nunca más. -Tunna se
giró y vio a Robert, con la espada desenvainada, y una alegría le
entró de repente, aunque también algo terrorífico por si acaso le
volvían a herir, así que aprovechó su oportunidad y se giró de
nuevo hacia el hombre de la túnica y le dio un rodillazo en la
entrepierna.
El
hombre gritó de dolor y calló al suelo. Y entonces ambos
aprovecharon para ir a casa.
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