Pikachu

domingo, 16 de septiembre de 2012

El Alma de los Sueños.



El Alma de los Sueños, la visita, parte 2 y final del capítulo.





El segundo día fue algo mejor.
Encontró algo de comida en la despensa y después de día y medio sin comer, la extraña comida que encontró le supo a gloria.
Y Robert despertó a la tarde.
Abrió los ojos despacio, y emitió una especie de gemido ahogado al intentar incorporarse.
Tunna le paró los pies enseguida y él empezó a hablar como si pudiera entenderlo y después de horas y horas aguantando, le gritó:
-Eres un pesado. ¡Cállate! ¡No te entiendo y tienes que mejorarte!
Y Robert calló. Parecía haber comprendido.


Cuando Robert empezó a mejorar de verdad, Tunna empezó a acostumbrarse al lugar.
Comenzó a comer sin hacer muecas de asco y Robert le proporcionó una túnica como las de las mujeres de la ciudad.
Conforme pasaron los meses, Robert le enseñó el idioma a Tunna, lo cual fue algo desesperante, pero ella se aferró a la idea, de que sin un vocabulario iba a ser imposible la vida en ese lugar.
Así que pasó un año entero y Tunna por fin había aprendido la lengua. Seguía costádole porque la gente hablaba más rápido de lo que Tunna quería, pero se acostumbró.
Un día por la tarde, mientras Tunna llevaba en una cesta la compra para mañana y pasado, notó una presencia detrás de ella.
Al principio no se alteró, porque aún había bastante gente en el mercado, y no era muy tarde, aunque empezaba a anochecer, pero luego, cuando giró en un calle, vio a tres personas, aquellas que hacía un año habían atacado a Robert y eso la alarmó.
Los encapuchados de las túnicas moradas apretaron el paso cuando ella empezó a correr.
Tenía que despistarlos, pero tanto ella como ellos conocían las calles demasiado bien, y sabía que no tendría escapatoria.
Aún así, se arriesgó y utilizó todas sus fuerzas por correr más rápido y poder llegar a casa, pero cuando llegó a un cruce y dobló hacia la izquierda la cesta voló por los aires, haciendo que todas las verduras, objetos y todo lo demás cayesen por todas partes y fue, porque uno de las túnicas moradas estaba esperándola.

El grito alertó a los demás.
Tunna había averiguado quienes eran hacía unos meses, cuando por fin se podía entender con Robert, ella le había preguntado:
-Robert, ¿quiénes eran los que te hirieron?
-¿A qué viene eso?
-Sólo quiero saberlo.
Robert sacudió la cabeza, apartándose el flequillo de la cara.
-Mmm, está bien. Ellos van por el lado de “la justicia”, por supuesto, no es la justicia que uno debería tener, sino la justicia que ellos marcan, en realidad, son corruptos, pero en fin, ¿qué les vamos a hacer si son de la nobleza? Hubo gente que les plantó cara, pero desaparecieron.
Tunna se horrorizó.
-¿Qué hiciste para que vinieran y te hiriesen?
-Ajustar cuentas. Hace tres años, yo vivía en la otra punta de la ciudad, donde están los cultivos, yo era granjero y bueno, vivía felizmente con mi esposa -hizo una pausa larga, de repente, dos lágrimas salieron de sus ojos, surcaron sus mejillas y murieron en sus labios-. La mataron. Quemaron la granja, Tunna. Me arrebataron a lo que más quería, y se deshicieron del lugar en el que tanto habíamos invertido para poder vivir felices.
Tunna puso ojos como platos. La historia le había conmovido, aunque sintió una punzada extraña, algo que jamás había sentido y que no sabía describir cual era.
Esperó a que Robert se tranquilizase, y sin poderlo evitar le abrazó, y él lloró en su hombro.
A los pocos minutos se tranquilizó del todo, y añadió con amargura:
-Pero, ¿sabes? Me vengué, oh, claro que me vengué -el tono de voz que empezaba a utilizar era sumamente frío y oscuro y Tunna tuvo un escalofrío que le recorrió su espalda entera, pero Robert siguió con ese tono sin piedad:-, antes eran cinco, y los demás desaparecieron -y empezó a reírse.
Tunna tenía mucho miedo y dijo:
-Para. Por favor, tengo miedo.
Robert entonces volvió a la realidad. La miró, y una sombra de tristeza le cruzó la cara.
-Lo siento. No era mi intención asustarte. -y acto seguido la abrazó. Y todo el miedo desapareció para Tunna.
A la mañana siguiente, le preguntó que qué había hecho de los dos hombres, y él, le contestó, con serenidad:
-Me deshice de ellos. Los maté en un lugar que nunca hay nadie, a las afueras y luego les envié los trozos de los dos cuerpos a los demás del grupo. Pero, Tunna, no me mires así, nadie sabe que soy yo.
-¿Ni siquiera ellos?
-Ellos sí, pero no tienen pruebas para culparme.
-¿Entonces por qué vinieron a herirte?
-Fueron a darme un aviso. Para que confesara y fuese ejecutado, lo gracioso es que me amenazaron en que sino lo hacía, un ser quizás querido para mí muriera: Tú.

Al recordar esto, notó como un brazo la agarraba y ella se deshizo de él, con dificultad.
Siguió corriendo. Por su vida. Pero no tardaron en volver a retenerla. A pesar de eso, volvió a escabullirse y está vez los despistó.

Corrió hacia su casa, pero en el otro cruce otra vez se encontró con el mismo.
Ella intentó deshacerse del brazo pero esta vez no pudo.
-¿¡Qué quieres!? -le espetó Tunna.
No le vio el rostro, pero pareció que sonreía.
-¡Suéltame!
-¿Por qué iba a hacerlo? -rió el otro.
-Porque sino lo haces quizá no veas la luz de Shira nunca más. -Tunna se giró y vio a Robert, con la espada desenvainada, y una alegría le entró de repente, aunque también algo terrorífico por si acaso le volvían a herir, así que aprovechó su oportunidad y se giró de nuevo hacia el hombre de la túnica y le dio un rodillazo en la entrepierna.
El hombre gritó de dolor y calló al suelo. Y entonces ambos aprovecharon para ir a casa.

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